Después de los 40, volví a caer en la red de un amor platónico. De un amor de esos que nos sacan sentimientos que desconocíamos que se podían sentir a mis cuarenta y tantos.
De esos amores que parecen sacados de una película de romance, y donde todo parece tan claro y tan real.
De esos amores que se disfrutan, cuasi perfecto, cuasi maravilloso, pero platónico.
De esos amores que no duelen, porque cuando te das cuenta de que es sólo una idealización en tu cabeza, te despiertas, tomas tus cosas y te marchas.
Satisfecha de haberlo vivido, sin penas ni tristezas, solo te marchas, como despertando de un sueño que todavía te saca sonrisas al recordarlo, pero no te lastima.
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